Nos pasamos muchas horas pensando si queremos que nuestros hijos vayan a un determinado colegio según su profesorado y valores, también nos informamos sobre qué idiomas les puede abrir en un futuro más puertas laborales y decidimos si es mejor que aprendan música o algún deporte. Y estas preocupaciones realmente son importantes porque todas ellas van a marcar de alguna manera su carácter y la forma de pensar.

Sin embargo, muchas veces nos olvidamos que la educación más importante es la que recibirán de nosotros, aquellos momentos en que estemos totalmente dedicados a ellos escuchando sus inquietudes, sus necesidades y dándoles nuestro punto de vista y soporte. Este apoyo les permite crear de forma natural una manera de pensar que les ayudará en la vida, en aquellas cosas que ellos más valoren y necesiten de nuestro respaldo. Por ejemplo, la importancia de tener una buena carrera profesional, tener una familia, viajar por el mundo o dedicarse con toda su energía a aquello que más les apasione, como puede ser pintar. En definitiva, a hacer algo que realmente les realice como persona adulta que, antes de lo que no imaginamos, se convertirán.

Quizás, uno de los momentos más importantes para compartir estas ideas es a la hora de comer. Si nos acostumbramos a este buen hábito, nuestros hijos podrán crear su propia realidad escuchando nuestras experiencias. Enseñar los valores que consideramos más importantes le permitirán id desarrollándose como persona mientras que nosotros, como padres, podremos escucharle atentamente y ayudarle en sus inquietudes.

No obstante, desde mi punto de vista la mejor manera de educar, incluso más que con las palabras, es con el ejemplo. ¿Te has preguntado alguna vez si estás viviendo una vida plena? ¿Vives una vida inspirada que sirva de ejemplo a tus hijos? Si por motivos profesionales dispones de poco tiempo para tus hijos, es importante que ellos realmente vean cómo disfrutas con todo lo que haces y cómo te levantas cada día sintiéndote realizado por tu vida y tus responsabilidades.

Sólo así, les estarás motivando a que ellos también encuentren lo que les hace plenamente felices. Los padres que se pasan todo el día comunicando mensajes negativos, aunque no sean verbales, corren mucho más peligro de transmitir a sus hijos sus propias frustraciones.

De modo que si queremos realmente tener unos hijos inspirados y con ganas de vivir y sentirse realizados, lo mejor que podemos hacer es empezar nosotros mismos preguntándonos qué nos inspira y cómo queremos vivir.

Fuente imagen: A lesson in life. Gilad Benan.

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